El Otoño
Finalmente, cuando finaliza la época de vacaciones y alrededor de la época de Semana Santa, el otoño comienza a dorar las hojas.

Las laderas de las montañas se visten de manchones rojos por el color de las lengas y, sobre el fondo verde de las coníferas, pinceladas aisladas de color amarillo producidas por los álamos. Las mezclas de colores son increíbles.
Es sin duda la mejor época del año para los que vivimos aquí.
El otoño tiene un comienzo con heladas en las primeras horas de la mañana y días de mucho sol y algo de calor durante los medio días y tardes.
Es el momento de “pasarse recetas” porque cada uno le cuenta a los amigos las experiencias buenas o malas que tuvo el año anterior al producir sus envasados y conservas. Se preparan las reservas para el invierno. También es la época de tratar de cerrar las casas tapando lo más posible para prepararse para las lluvias, que una vez que comienzan, se mantienen durante por lo menos tres meses ininterrumpidas.
Los locales nos relajamos y podemos tomarnos algunos días de descanso para dedicarnos a nosotros mismos visitando a los amigos en la montaña, que generalmente están también más tranquilos y con más tiempo para recibirnos.
Los humores se tranquilizan, se comienzan a vislumbrar los nuevos quedados. Los que intentan tímidamente volverse parte de nuestra comunidad. Muchos de ellos van a lograrlo. Otros tendrán que volverse al lugar de donde vinieron.
El Bolsón no es para todos. Tiene una fuerza extraña que acepta o rechaza a la gente en una forma inexplicable. Pero a los que estuvieron aquí en otoño, sin duda les deja una marca en el alma que nunca se les borra.
Uno de ellos estuvo aquí hace un par de días. Me comentó lo hermoso del paisaje y del clima de ese momento. También me dijo: - Ojalá que no llegue el otoño. -Creyendo que todavía estábamos disfrutando de un veranito alargado. Le respondí: - Por qué no? Si esto es el otoño. - “¿Cómo? ¿Esto es el otoño?” – En un segundo su expresión pasó desde el temor por lo que imaginaba a la incredulidad de lo que estaba viendo y luego se transformó en una enorme sonrisa de alivio.
Tenía los puños cerrados con fuerza como si estuviera festejando el gol de su vida. La mirada, clavada en el grupo multicolor de los árboles de la vereda de enfrente con el fondo de la Cordillera.
Se fue sin decir nada más. Todavía debe estar tomando conciencia del lugar al que decidió venirse a vivir.

