Estaba llorando angustiada, tenía las piernas inmovilizadas y no estaba respirando bien. Las imágenes en su cabeza seguían repitiéndose una y otra vez, lo mismo que su miedo, su bronca, su frustración. Ese Río Azul de color amarronado, los vertederos de las fábricas, los animales muertos, la ropa de protección para poder salir de su casa, las especies extinguidas, las almas vendidas, la falta de Dios…
Lentamente fue tomando conciencia de la realidad actual. Estaba en su casa, en su cama. A los pies de la misma y apoyado sobre ella, dormía Negro, su perro. Se alegró al darse cuenta de que eso era lo que inmovilizaba sus piernas. Las tenía acalambradas y entumecidas. Eso la calmó un poco. Tomó una profunda bocanada de aire y al exhalarlo, notó el vapor que salía de su boca. La casa estaba fría. La salamandra se había apagado y la casa se había puesto helada. Volvió a las imágenes de su sueño, en su departamento calefaccionado permanentemente. Enseguida recordó lo de las pantallas en las paredes y los filtros en los respiraderos. Saltó de la cama con las piernas todavía doloridas y corrió la cortina de un tirón. Detrás de ella, una ventana. En lugar de vidrio, un plástico transparente ajado por el uso. Sus padres habían podido construir lo suficiente como para poder habitar la casita. Día a día y con mucho sacrificio, estaban tratando de terminarla. Probablemente este año, si todo salía bien, tendrían la casa cerrada y los vidrios colocados como venían prometiéndose desde hace tiempo. Aún así, con todos esos pormenores, era una ventana. Una sensación de alegría recorrió todo su cuerpo, como un cosquilleo en su estómago. Volvió a llorar. Todavía estaba oscuro, estaba ansiosa por ver qué había afuera. Tenía que asegurarse de que solo había sido una pesadilla.
No podía y no quería dejar de pensar en lo que había soñado, tenía que contárselo a sus padres. Era demasiado real. Ella sabía que era real, casi como una premonición. Sintió un escalofrío. Se dio cuenta de que estaba descalza y en su ropa de dormir. A su lado, Negro la miraba moviendo la cola como invitándola a salir. Volvió a su cama. Miró el reloj de su mesita, las 6.25. Faltaban casi dos horas hasta comenzar a aclarar. Hoy no tendría clases. Los maestros estaban de paro. Se metió en la cama. Negro saltó sobre ella y se acurrucó a su lado. Ella sacó su mano de debajo de las mantas y lo abrazó. Recordó que en su sueño, no había ninguna mascota. No tenía perro, ni gato, ni nada. A ella le encantaban los animales pero en su futuro no los había. No supo por qué pero asumió que debían morir fácilmente al no poder vestirlos con ropa de protección para salir del departamento.
Tenía 16 años y acababa de soñar con su propia muerte, con su suicidio. Estaba apenas comenzando a preguntarse qué hacer con su vida. Todavía no sabía siquiera qué querría ser cuando fuera grande, pero sin duda, no quería ser una suicida y no podía imaginarse en esa posición, ni siquiera dentro de cuarenta años.
Había un chico en la escuela que le gustaba. Habían hablado y salido varias veces juntos. Le gustaba la forma en que él la trataba y que trataba a sus compañeros. Su respeto era genuino, sin formalidades, por el solo hecho de existir, de estar vivo. Se dio cuenta de que en su sueño él tampoco estaba. ¿Habría muerto? ¿Sería uno de los desaparecidos a causa de las protestas? Tal vez solo se habían separado. Seguramente él no habría estado de acuerdo en vender. Probablemente habrían tenido que echarlo de su tierra o incluso del pueblo. Sintió que, de haber estado con él, probablemente su sueño no habría terminado en un suicidio. Empezó a pensar en Tomás como en el hombre que querría tener a su lado por el resto de su vida. Se rió de sí misma. En una noche se había visto con más de 50 años, suicidándose y minutos después estaba planeando su futuro con el hombre de su vida. El hombre que evitaría su suicidio. También a él debía contarle todo. No quería olvidar ningún detalle. Repetía las imágenes en su mente una y otra vez tratando de escudriñar en ellas alguna salida, alguna clave. ¿Por qué se había llegado a eso? ¿Realmente el dinero pudo más, valió más? Eso no es lo que ella había aprendido de sus padres. ¿Cómo y cuándo se había producido el cambio? Tenía muchas incógnitas, muchas cosas que discutir y preguntar a sus padres y a otras personas mayores. No podía esperar a que aclare. Hoy era miércoles. No había feria. Hoy nadie bajaría al pueblo. Era posible que papá y mamá decidieran quedarse un ratito más en cama para poder ahorrar leña y electricidad. Tenía ganas de ir a despertarlos y contarles todo, pero sabía que habían estado despiertos hasta tarde. Los oyó discutiendo. Cuando las cosas de dinero se ponían difíciles, siempre había discusiones en la familia. Los había escuchado hablar de lo dura que se les había vuelto la vida aquí. Ya no era como hace 20 años cuando ellos llegaron. La semana anterior, alguien había estado en la chacra y les robó las herramientas que estaban afuera mientras que ellos bajaron a la feria. Ya no se sentían seguros pero tampoco querían vivir con miedo. Ahora había que empezar a ser cuidadosos. Ya no se sabía bien quién andaba por ahí. En temporada de vacaciones, ya no podían hacer dedo a cualquiera que pasara por la ruta. Solo subir a autos de gente conocida. Al salir, las cosas guardadas en el galpón o en la casa. Hasta el perro tenía que quedarse a trabajar. Ya no podía salir si todos estaban afuera. Alguien se quedaba en casa siempre. Todavía estaba todo demasiado abierto e inseguro.
Sin embargo, nada le daba indicios de que fuera a existir un punto de quiebre. Se empezaban a discutir algunos temas en el pueblo. Había escuchado cosas como planeamiento de edificación, carta orgánica municipal, sobrepoblación, contaminación, etc. pero nunca había prestado atención a esos temas. Todavía era muy chica para ocuparse de ese tipo de problemas. Ahora, empezaba a pensar en que tal vez no era tan así. Si lo que estaba en peligro era su futuro y su vida, ningún problema era ajeno a ella ni a los otros chicos de su edad. Tenía que hablar también con sus amigos y conocidos. Todos tenían que participar. Tenía que descubrir en dónde se había producido el quiebre. En qué momento las cosas dejaron de ser como eran. El peligro era enorme, no pudo haber pasado inadvertido. ¿Cómo pudieron descuidarse tanto? ¿Cómo no lo vieron venir? Su mente se movía al futuro y a su realidad presente tratando de buscar un nexo con lo que había visto. En su cabeza ya no cabía duda de que ese era el futuro si no hacía algo para evitarlo y estaba dispuesta a tomar cartas en el asunto. Miraba el reloj y el tiempo parecía no pasar más. Se daba vueltas en la cama una y otra vez. Finalmente abrazó nuevamente a su perro y cerró los ojos tratando de volver a dormirse. Si tenía suerte, tal vez podría volver a conectarse con su sueño y averiguar algo más.
Abrió los ojos y miró el reloj nuevamente. Las 9:30. Ya era de día. Por la poca claridad que entraba, supo que estaría nublado. Quiso ver. Se levantó y se acercó a la ventana. Nublado y frío. Se vistió rápidamente y bajó a la cocina. Su mamá y su papá estaban desayunando. Los saludó con un beso. - Pensé que querrías quedarte a dormir más aprovechando que no hay clases –dijo su mamá. - No ma, tengo cosas que hacer. ¿Podemos hablar un minuto? Tengo algo que contarte.
La salamandra estaba encendida y la casa empezando a tomar temperatura. Todo era normal. Su mamá le acercó un tazón de café con leche y un plato con tostadas mientras le decía - Mmm, qué extraño. A tu edad, levantada antes de lo necesario, de buen humor y con ganas de hablarme. Algo raro te pasa. ¿No estarás enferma, no? –dijo riéndose mientras se sentaba a su lado y le colocaba la mano en la frente para tomar su temperatura. - No… si…. más o menos. No sé. Tuve un sueño muy raro, pero no fue un sueño. Fue casi real… puede ser real y tenemos que hacer algo, pero no se qué… ni cómo. - Si si. Está enferma… y grave. – rió el padre. - ¿Por qué no empezás contándonos lo que soñaste y qué es lo que te tiene tan preocupada? Tal vez no sea tan grave como parece.
Diana les contó absolutamente todo. Cada detalle, cada sensación. Todo había sido tan real para ella. Podía recordar e incluso describir las temperaturas, los sonidos, los olores, los colores. A veces se le saltaban las lágrimas de los ojos mientras trataba de explicarles. Cuando terminó el relato, los padres se miraron entre sí. Bajaron la vista. María, su mamá lentamente fue transformando su silencio en un llanto. Su papá fue quien tomó la palabra diciendo - Mirá, hay mucha gente que ve el futuro igual que vos lo soñaste. Por eso es que hay tantos movimientos ecologistas. Lo que pasa es que la protesta sola no sirve. Cada uno de nosotros tiene que hacer su parte y dar el ejemplo a los que nos rodean y a nuestros hijos. Vos no podés hacerte cargo de los demás, ya bastante difícil es tomar las decisiones de cada día. Eso no quiere decir que no te importe o no te preocupes, pero recordá que esto fue solo una pesadilla. Vos no sos la clase de persona que tomaría la decisión de suicidarse, además nosotros no te lo permitiríamos. Siempre estaremos con vos, incluso aunque estuviéramos lejos estaríamos con vos. - Pero papá, no es solo por mí. Todos estaríamos muertos… - Bueno, creo que estás exagerando un poco. Entiendo que estés impresionada por tu sueño. A veces las pesadillas pueden parecer muy reales, pero la verdad es que son solo eso, pesadillas. Vamos a cuidarnos de comer cosas tan pesadas de noche, y de que dejes entrar un poco más de aire a tu dormitorio. Con esto de que querés tener tu privacidad, dormís encerrada y encima con el perro…y esas novelas de ciencia ficción que estás sacando de la biblioteca…. Bueno, cambiemos de tema. Mirá cómo se puso tu mamá. Ahora voy a ser yo el que tenga que cambiarle el ánimo. - Pero pá… - Nada de peros. Dijiste que tenías cosas que hacer, andá y hacelas. Cuando termines, yo tengo algunos trabajitos atrasados que van a hacer que te sientas útil y con la cabeza ocupada en otras cosas. Cuando yo tenía tu edad, ya estaba ayudando al abuelo en el taller, fue así como me hice carpintero. Mirando tele y hablando de pavadas con tus amigos, nunca vas a llegar a nada.
Diana subió a su cuarto. Su madre, se levantó de la mesa y se puso a lavar las tazas del desayuno. Su padre sabía. Todos sabían sin querer saber. Diana tenía razón, pero era más fácil no pensar en eso. Seguramente dentro de un rato a todos se les habrá olvidado. Todo quedará en la nada y en algún momento lo recordarán como una anécdota.
Mientras tanto, el tiempo corre y el futuro se aproxima…
Marta S. Novoa concienciayficcion@yahoo.com.ar

