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Una Historia real?
CONCIENCIA Y FICCION (2* PARTE) -  

conciencia y ficcion


Una Historia real?

Ese día se levantó de muy mal humor.

Mientras calentaba el café en su salamandra eléctrica, encendió la ventana. Tenía programado un día de tormenta, tormenta con sol, como aquellos que tanto le gustaban 40 años atrás, cuando todavía podía abrir las ventanas y respirar aire puro. Hoy no existían las ventanas ni en su casa ni en ninguna otra casa en todo el valle. La contaminación había llegado a tal extremo que el aire era imposible de respirar. Gruesísimos filtros se colocaban en las entradas de los respiraderos. La luz y el paisaje provenían de las pantallas dispuestas en las paredes. Entre todas, podía tener un paisaje de hasta 360 grados.

Había solicitado que la programación mantuviera la vista del entorno de su juventud. Sobre el lado este de la casa, quiso seguir viendo el Cerro Piltriquitrón, aquel cuya cumbre había escalado tantas veces de niña. Al norte, una ficción de las chacras en donde se encontraban los lupulares, al oeste, la Cordillera de los Andes. En la ventana sur, el Cerro Tres Picos, el Pirque, el Currumahuída. Tantos recuerdos, tantas cosas perdidas.

Recordaba los esfuerzos y sacrificios del pasado. Cuando calentar su casa significaba conseguir leña, picarla, encenderla,… el humo, el hollín, la leña mojada algunas veces, su falta otras. Todo eso había pasado ya. Su casa estaba permanentemente calefaccionada. La temperatura era de 22 grados como a ella le gustaba. Era una mujer pudiente, al igual que casi todos en el valle. Podía darse todos los lujos que el dinero pagaba.

Aún así, extrañaba las riquezas que tenía en su juventud, cuando por ser cotidianas, no las consideraba tales. Caminar por los bosques comiendo frutos silvestres, bañarse y tomar agua de los ríos, de los lagos, de las cascadas, recoger nueces, hongos de pino en otoño y de ciprés en primavera, pescar truchas... Extrañaba sentir el aire frío en el rostro, las estaciones del año tan diferentes entre sí, los olores de los frutales en primavera. Los colibríes, las bandurrias, los teros extinguidos de la región junto con otras muchas especies. Caminar sobre la nieve, jugar en el jardín con su perro, llevarlo de caminata o de visita a las chacras cercanas de sus amigos. Tantas cosas había perdido, tantas cosas que ahora lamentaba.

La depresión la agobiaba. Sabía que también ella era culpable de lo ocurrido. Todo empezó cuando le ofrecieron un precio tan alto por su tierra. –Increíble -decía ella. -Me están ofreciendo una fortuna. ¿Cómo me voy a negar? Tengo que pensar en mi futuro, en mi vejez. Además, me están cambiando la chacra por una casita en el centro con todas las comodidades, con los lujos que jamás podría darme.

Ella sabía que algo no estaba bien. Oía a la gente quejarse y manifestarse por los medios, pero no los escuchó. Poco a poco más y más gente hizo lo mismo que ella. Con el tiempo, todos fueron vendiendo sus chacras y cambiándolas por casitas y luego, cuando el espacio no dio para todos, departamentos en el centro. En ese momento, eran pequeños pero acogedores. Tenían todas las comodidades y hasta los lujos que ninguno de ellos podía darse.

Recordaba que tanto ella como la mayoría de sus amigos, tenían chacras en El Mallín o en los faldeos de los cerros. No tenían luz eléctrica, ni teléfono, ni agua corriente, ni gas, ni calefacción. Dependían de la leña para bañarse, para el abrigo y para cocinar. No tenían ninguna perspectiva de que la situación fuera a cambiar. Las inversiones y las obras provinciales y municipales no los tendrían en cuenta jamás. Ya habían sido advertidos. Eso fue parte de la presión que sufrieron para terminar de decidirse. Eso y la indiferencia de la gente del centro. De pronto fue como si ya no fueran vecinos, como si unos molestaran a los otros. Para los que vivían en el centro, era más urgente el arreglo de los rosales de las plazoletas y el asfalto de las calles que una inversión que permitiera a los pobladores más alejados contar con buenas comunicaciones, electricidad o gas, ya sea para las viviendas o para las escuelas. Para los pobladores rurales, la presión fue demasiado grande. Sentían la responsabilidad de preservar esas zonas maravillosas en las que vivían pero también se sentían abandonados a su propia suerte. Nadie los apoyó en su momento de duda. Nadie hizo nada por ellos. Nadie los tuvo en cuenta, salvo aquellos generosos compradores que nadie sabía muy bien quiénes eran pero que, desgraciadamente, tampoco les importó saberlo.

Todos ellos recibieron una cuantiosa suma y su nueva vivienda en el centro. Podían tener todas las comodidades que tanto les habían faltado y, además, televisión por cable o satélite, Internet, la información al instante, la música, las películas... Los edificios llegaron a ser cada vez más altos. Los reglamentos de edificación cambiaban todos los días. Los legisladores ya no decidían, ni pensaban, solamente obedecían y firmaban los decretos escritos por alguien más. –Me están pagando una fortuna –decían ellos también. -¿Cómo me voy a negar? Tengo que pensar en mi futuro, en mi vejez. Y continuaban firmando. Primero hizo falta un aeropuerto internacional, entonces se instalaron también las oficinas de Aduanas y Migraciones... ¿En tierra privada? ¿Quién pagaba los sueldos de esos funcionarios?

-Lo que le hace falta a este pueblo es dinero, aquí no hay progreso. –dijeron algunos. Entonces comenzaron las grandes fábricas y talleres. Todo ingresaba desde el exterior por ese aeropuerto. Todo era admitido, cualquier obra, cualquier proyecto, cualquier construcción. Y con esa excusa, cualquier demolición era aprobada y más tarde, comenzó la depredación. Comenzaron talando los bosques. Hacía falta espacio para todo y para todos. Los ríos y lagos portaban los deshechos químicos de las industrias y las minas. El cielo comenzó a ennegrecerse con el humo de las chimeneas. Con la deforestación y la contaminación fue desapareciendo el ecosistema. Cuando ya no hubo más espacio, le tocó el turno a los cerros. Había minas de oro y metales preciosos en su interior. Los fueron dinamitando y demoliendo uno a uno. También se les pagó muy buen dinero a los ocupantes de los faldeos. Dinero que usaron para comprarse su departamento en el centro, “con todas las comodidades y los lujos que jamás podríamos pagarnos” - pensaban ellos.

Pronto el río dejó de desbordarse por las lluvias, también dejó de correr. Fue entubado. Una solución práctica y económica ahora que el dinero la podía pagar. -Estamos haciendo grandes obras –decían los gobernantes. -Para mantener la estética del valle, construyeron pantallas gigantes que reproducían la vista perdida. En donde había estado el Cerro Piltriquitrón, el Piltri para “los amigos”, se colocó una que reproducía su imagen. Detrás de ella, las salas de programación y proyección representaban, por medio de una función aleatoria, diferentes sombras y luces. Bastante parecido a como había sido en la realidad, años antes, cuando el sol se filtraba entre las nubes y producía esos colores increíbles e inimitables sobre los pinos, los álamos, las lengas, los cipreses, los alerces y otras especies desaparecidas. Otra de las “grandes obras” que se hicieron en el valle.

De pronto no pudo más y decidió terminar con su vida. Sabía y sentía que ella lo había causado. Ella y tantos otros. Recordó aquel cartel en la Plaza Pagano que decía “La tierra no la heredamos de nuestros padres, se la pedimos prestada a nuestros hijos”. En algún momento ese letrero desapareció y junto con él muchas conciencias. Se dio cuenta de que ya no había nada para dejarle a sus hijos y que además, muchos de ellos, eran estériles a causa de las grandes dosis de contaminación adquiridas por las explotaciones mineras a cielo abierto.

Ese día decidió salir a la calle sin la ropa de protección ni la máscara para respirar. Se puso por última vez una camisa y un jean que tenía guardados de recuerdo de aquellos años y salió a caminar. No supo muy bien adónde ir. Ya no existía ningún lugar en donde quisiera estar. Recordó una frase que le había causado mucha gracia en su infancia, la había dicho Al Capone: “la conciencia humana es lo más barato que el dinero puede comprar”. Este recuerdo se superpuso, en su mente, al de todos en el valle creyendo que se les estaba pagando una fortuna porque ninguno de ellos quiso admitir, en ese momento, que lo que estaban vendiendo eran sus conciencias y no solo sus tierras. Todos quisieron pensar en su futuro personal y no en el de la comunidad. Todos quisieron “salvarse solos” y solo obtuvieron un suicidio colectivo.

Al llegar al límite del área de tránsito, el guardia de seguridad se interpuso en su camino y le preguntó cuánto tiempo hacía que había salido de su casa sin la protección. –No sé, dos o tres horas. – dijo ella. Inmediatamente se apartó de su camino y la dejó continuar. Estaba ingresando por primera vez desde hacía varios años a la zona prohibida, la costa este del Río Azul. Al llegar allí se dio cuenta de que ya no era azul sino de un color gris amarronado, que los árboles en la orilla habían perdido todas sus hojas y que estaban totalmente secos. Vió las salidas de los enormes caños que vertían en sus aguas los desechos industriales. Se encontró con algunos roedores y unos pocos pájaros muertos en la costa. Más adelante, con algunos huesos de animales más grandes. En total estado de shock y temiendo hallar restos humanos, comenzó a retroceder sobre sus pasos y regresó al lugar en donde el guardia de seguridad le había permitido el ingreso. Salió del área restringida caminando y respirando con dificultad. En cuanto se alejó unos metros, el guardia se comunicó por la radio para avisar de la presencia de la mujer en su sector e indicar la dirección hacia donde se dirigía. Se estaba comunicando con las cuadrillas de limpieza. Sabía que en pocos minutos más, tendrían que hacerse cargo de su cuerpo.

Marta S. Novoa DNI 13.214.131 concienciayficcion@yahoo.com.ar

 
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