A mi me pasa lo mismo que a usted....
Vino con un grupo de amigos. No estoy segura si había parejas entre ellos. Eran 7 u 8 entre chicos y chicas de aproximadamente 17 a 19 años de edad. Estuvieron en El Bolsón alrededor de una semana. Acampaban cerca del Río Azul y usaban el cyber para comunicarse por mail, chat y teléfono con sus familias y amigos que habían quedado en Buenos Aires. Eran muy simpáticos y conversadores. Se les notaba que lo estaban pasando bien. Todo les gustaba. Tenían diversión, aventura, descanso, paz… Habían recorrido el Camino de los Siete Lagos y ahora estaban de pasada por El Bolsón y continuarían hacia el sur hasta Esquel. De allí, el regreso. Sus vacaciones se habían extendido por más de 20 días y en una semana más habrían finalizado.
Como todavía eran menores, no llevaban mucho dinero encima. Se comunicaban con los padres por teléfono y ellos les iban depositando “con cuenta gotas” el dinero para sus vacaciones y así todavía podían mantener un control de sus gastos. Escuché a uno de ellos hablando a su casa. Nuestros teléfonos públicos no tienen cabinas, son inalámbricos y los clientes pueden llevárselos a donde quieran cerca de la base. Algunos se van al patio, otros a la vereda, otros se sientan dentro de los autos estacionados frente al local y otros, como estos chicos, simplemente se apoyan en el mostrador y hablan desde aquí. Imposible no oírlos. Todos contaban lo hermoso y especial de este lugar. Para Daniel, El Bolsón había sido especialmente mágico. Cuando quería describir el lugar a sus padres siempre terminaba diciendo “no te puedo explicar lo que es esto, tenés que estar aquí”.
Finalmente llegó el día de la despedida. Saldrían en el primer micro de la mañana temprano hacia Esquel. Los saludé deseándoles suerte y les dije que esperaba verlos pronto de regreso. Pasaron tres días y nuevos turistas y grupos de chicos. Los comentarios y las vivencias eran aproximadamente iguales en todos. Un lugar increíble en donde siempre se creaba la fantasía de quedarse aquí y ser parte de esto. Uno de ellos lo hizo. Ese día apareció Daniel, pidió el teléfono. Estaba nervioso, creo que un poco avergonzado. Sin embargo se quedó apoyado en el mostrador mientras hablaba con el padre. “Si papá, estamos en Esquel, la semana que viene volvemos todos a Buenos Aires. Depositame el dinero para una semana nomás. Ya tengo el pasaje de vuelta. Te quiero mucho, hasta pronto”.
Cuando cortó se quedó mirándome y esperando a que le diga algo. Le pregunté qué estaba haciendo. Por qué había mentido a sus padres, qué ganaría con eso. “Tiempo” me dijo. “Ya conseguí trabajo en una carpintería, cobro en tres días. Me prestaron un lugar para quedarme y estoy buscando algo permanente. Si sabés de algo, por favor avisame. Yo no puedo irme de aquí, necesito quedarme, este es mi lugar. Los chicos me están haciendo la pata. Me bajé del micro cuando estaba a punto de arrancar. Prometieron no decir nada hasta que vuelvan a Buenos Aires. Yo les prometí hablar con mis viejos y decirles la verdad antes que eso. ”
Traté de explicarle que el verano no es igual que el resto del año. Que hace mucho frío y que la vida puede ser muy dura aquí. Que debía decirles la verdad a sus padres, etc. etc. etc. Me escuchó atentamente y luego él me preguntó “¿Alguna vez lamentaste haberte quedado, incluso cuando no tuviste dinero ni trabajo fijo?” Tuve que admitir que no. Solo me sorprendió que la magia que me atrapó surgiera también efecto en alguien de su edad. Ahora, igual que me ayudaron cuando llegué, voy a ayudarlo, y desearle lo mejor… Tal vez las cosas también funcionen para él aquí.

